Francisco Tejedor tenía por entonces 42 años. Trabajaba en una oficina de patentes industriales desde hacia mas de 16. Su trabajo era monótono, casi no hablaba con nadie durante las ocho horas que duraba su jornada laboral, pero la razón no estaba en que fuese callado, al contrario, Francisco solía hablar mucho, ya de niño escucho mas de una vez a su padre decir –“voy a terminar por comprar tapones para los oídos”.
Francisco trabajaba en un despacho solo, rodeado de libros, carpetas y expedientes. Su puerta daba a un largo pasillo por donde solo se accedía al cuarto de baño y al ascensor.
Alguna vez se cruzaba con personas que deambulaban por la galería, los miraba de reojo y movía la cabeza como gesto de saludo, se divertía adivinando donde iban esas personas, y es que Francisco había desarrollado una habilidad para descubrir, según la contestación del saludado donde se encaminaban, un movimiento rápido de sus cabezas significaba que el cuarto de baño era su destino, por el contrario, si la contestación a su saludo era verbal, Francisco reconocía que la persona tomaría el ascensor para irse a casa.
El horario de la oficina estaba dividido en jornada de mañana y de tarde, entre las cuales Francisco tenía casi dos horas de descanso.
A las dos menos cuarto en punto, y si no tenía alguna llamada que atender, volvía a ponerse la chaqueta que siempre permanecía colgada estratégicamente tras la puerta del despacho. Bajaba tres pisos por la escalera y cruzaba la calle.
Frente a las oficinas ese año se había inaugurado un gran centro comercial. La entrada principal de este daba paso a un gran recibidor desde donde se accedía a tres amplios pasillos. El derecho estaba repleto de restaurantes, locales de comida rápida, tiendas de caramelos, una peluquería mal acoplada, cuartos de baño, una oficina de correos y sobre todo, gente.
Por el izquierdo se accedía a lo que Francisco llamaba “la fabrica de hacer dinero”, es decir, un colosal hipermercado. Y finalmente, en el pasillo central se habían instalado todas las tiendas dedicadas a la moda, alta y baja moda, bonita y fea, tiendas llenas de ropa, de verano y de invierno, para gordos y flacos, para gente alegre y triste y al final de ellas, un local al que Francisco siempre llagaba después de atravesar el pasillo mirando las numerosas vidrieras, cristaleras y escaparates desde donde los maniquíes le observaban mientras Francisco les saludaba con reservados movimientos de cabeza de los que gracias a Dios, pensaba él, no recibía respuesta.
Descubrir la librería que había al final de aquel paseo fue un regalo para Francisco. En ella pasaba las casi dos horas de tiempo libre. Tenía dos pisos, en la planta baja, por la que se entraba atravesando una gran puerta de cristal siempre custodiada, según fuera o no Navidad, con mayor o menor atención por un vigilante.
Una vez dentro del local, se podía ver un numeroso muestrario, protegidos por cristaleras y alarmas, de material fotográfico, al cual Francisco nunca hacía mucho caso pues su ignorancia sobre las técnicas y manejo de tales artilugios era notoria. Luego estaba la telefonía móvil, ofertas innumerables llenaban las vitrinas, todas las marcas, tamaños, adelantos técnicos estaban allí. Finalmente, y antes de las escaleras que permitían bajar a la planta baja, los televisores, con y sin plasma, encendidos a través de mando o acatando la orden del futuro dueño para tal menester, con muchas y pocas pulgadas. Era la primera parada de Francisco. Por un instante detenía su paso y deambulaba por la zona observando las imágenes, se quedaba absorto mirando en alguna pantalla como un tigre perseguía velozmente una gacela o como un jugador de baloncesto saltaba hacia el infinito intentando hacer canasta. En alguna ocasión, muy pocas, aparecían en las imágenes el enfurruñado pato Donald o el mismo Bob esponja, personaje muy querido y apreciado por Francisco desde que en un periodo de incapacidad motivado por un esquince de rodilla, le acompañó todas las mañanas en el televisor de su casa.
Pero el hechizo del color en el plasma de las televisiones duraba solo un momento, generalmente era interrumpido por el ofrecimiento respetuoso de algún empleado de la tienda con la intención de ayudar a elegir el mejor aparato.
Una vez que bajaba la escalera a la entreplanta, Francisco entraba en lo que él pensaba sería su lugar de retiro, la librería, y en ella un pequeño espacio reservado como restaurante.
En aquel lugar todo cambiaba. Ya no se escuchaba la música ambiental del gran centro comercial, no había escaparates ni maniquíes, no había cuartos de baño ni pasillo repletos de personas.
El pequeño restaurante estaba a la derecha de la tienda, protegido por mamparas de cristal de metro y medio aproximado a través de las cuales se veían unas pocas mesas con dos sillas enfrentadas y casi siempre vacías. El mobiliario era muy funcional, Francisco había comprobado incluso que al arrastrar una de las sillas para sentarse no hacía el desagradable ruido del roce con el suelo. En cada una de las mesas había un periódico, un pequeñísimo jarrón con una margarita y un servilletero sin publicidad.
Pegado a la pared, una gran mostrador de ensaladas y platos preparados, una nevera con puerta transparente cobijaba bebidas frías, algunos extraños y sugerentes zumos y barritas de chocolate de múltiples sabores.
Y Allí fue, cruzando la calle que había al salir de la oficina, en el gran centro comercial, atravesando el amplio pasillo que llevaba a la tienda donde se guardaban múltiples aparatos de fotografía esperando ser vendidos, bajo la sección de televisores, tras la mampara de cristal que delimitaba el pequeño restaurante donde Francisco Tejedor, oficinista experto en patentes saludó por primera a la persona que sería uno de sus mejores amigos. Y fue este, y no otro, el acontecimiento que hubo de cambiar la vida de Francisco Tejedor.
Gracias Mario.
18.05.09
Vicente Moraleda
..
VERANO
Voy a cerrar la tarde
se acabóno trabajo
tiene la culpa el cielo
que urge como un río
tiene la culpa el aire
que está ansioso y no cambia
se acabóno trabajo
tengo los dedos blandos
la cabeza remota
tengo los ojos llenos de sueños
yo que sé
veo sólo paredes
se acabóno trabajo
paredes con reproches
con órdenes
con rabia
pobrecitas paredes
con un solo almanaque
se acabóno trabajo
que gira lentamente
dieciséis de diciembre
Iba a cerrar la tarde
pero suena el teléfono
sí señor enseguida
comonó cuandoquiera.
Mario Benedetti
Poemas de la oficina(1953-1956)